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El poder de las palabras
Por Daisaku Ikeda
Una conversación sincera de vida a vida puede suavizar y
derretir hasta corazones congelados.
Tengo recuerdos intensos de encuentros con personas cuyas voces
y palabras me han conmovido a través de los años. Uno de ellos
que me viene en mente sucedió durante la visita a la región de
Guilin de China, una bella tierra montañosa, con neblina y ríos.
Caminando, nos encontramos con dos jóvenes muchachas de 15 ó 16
años, vendiendo hierbas medicinales cerca de un río. Ellas
llevaban una cesta llena de hierbas e invitaban a los
transeúntes con vibrante voz a comprar sus mercancías. "Ni hao
(hola)" las llame. "Ni hao" me sonrieron: "Ofrecemos cualquier
tipo de medicina. Escojan las que quieran."
Sonreí del buen humor de ellas y pregunté: "¿Tiene algo para
ponerme más inteligente?" Se quedaron sorprendidas, pero sólo
por un instante: "lo siento, acabamos de vender el último."
Nuestro grupo estalló en risas a esa ingeniosa respuesta y
sentimos calidez como si una suave brisa primaveral nos hubiera
rozado. Como dice un proverbio chino: "Aun una simple palabra
dicha desde la bondad puede entibiar el corazón en el peor
invierno".
Recuerdo con cariño que mi esposa y yo terminamos comprando
hierbas como recuerdo y a veces me pregunto cómo estarán estas
muchachas y sus familias. Creo que el diálogo sincero de vida a
vida puede suavizar y derretir hasta los corazones congelados.
Hablar con alguien cara a cara puede cambiar la vida de esa
persona y la vida de uno mismo.
Hoy en día vivimos en medio de un diluvio de información
desalmada. Mientras más nos apoyamos en una comunicación
unidireccional, como lo es la radio, la TV o la comunicación
escrita, más siento la necesidad de insistir en el valor del
sonido de la voz humana. La simple, pero preciosa interacción de
voz a voz, persona a persona; el intercambio de vida a vida.
Admiro a personas como el gobernador Frivaldo de la provincia de
Sorsogon. Me dijo que a menudo se encontraba con su gente de
igual a igual. Comparado con la facilidad de presentarse con una
imagen artificialmente pulida, hacer este ejercicio puede
parecer tedioso. Pero a través de sus pacientes esfuerzos,
entiendo que el Sr. Frivaldo haya podido ganarse un verdadero
respaldo y confianza.
En una conversación cara a cara, el oyente puede formular
preguntas o estar en desacuerdo con su interlocutor y esto puede
provocar en él que a su vez se ponga a reflexionar sobre sus
propios puntos de vista. El proceso es dinámico y multifacético,
creando goce mutuo y entendimiento.
Por mi parte, me encanta hablar con todo tipo de gente de todas
partes del mundo. Siempre aprendo algo nuevo y encuentro
estimulante estar expuesto a diferentes maneras de pensar. Esta
es una forma de nutrirse espiritualmente.
Mi experiencia ha sido que no importa cuán fuerte puede ser la
incertidumbre inicial o la hostilidad que otra persona pueda
sentir hacia uno, si se acerca a ella con completa sinceridad y
le dice la verdad, ésta le responderá invariablemente de la
misma manera.
Recuerdo haber sostenido un diálogo con representantes del
Islam. Unos amigos trataron de convencerme que sería muy difícil
pero sentí que no podíamos tener tales prejuicios. Nunca se sabe
lo que se puede lograr antes de haber probado. Sugerí que el
diálogo no tenía porque ser sobre la doctrina religiosa.
Podríamos empezar hablando de los problemas que todos tenemos
como seres humanos, enfocados hacía la cultura y la educación.
También podríamos hablar del deseo de paz, algo compartido por
la gente en todo el mundo.
Una conversación cara a cara puede parecer muy sencilla, pero en
realidad es la más poderosa herramienta que tenemos para generar
cambios positivos. Podemos intercambiar ideas en un nivel muy
humano y personal con una base de respeto y fe en la bondad
esencial del otro.
Todos somos iguales y no hay nadie superior o inferior.
El escritor francés Montaigne amaba el diálogo y siempre tenía
una mente abierta. Él decía: "Ningún planteamiento me sorprende,
ninguna creencia me ofende, no importa cuán opuesta pueda ser a
la mía." Para él, el diálogo significaba la búsqueda de la
verdad, encontrarla y abrazarla sin importar de quien viniera.
Como tenemos dos oídos y una sola boca, quizás deberíamos
escuchar dos veces más de lo que hablamos. Ciertamente si somos
rígidos o prejuiciados nadie se acercará a nosotros con corazón
abierto.
A veces nuestros intentos para empezar un diálogo pueden ser
menospreciados o ignorados. Debemos recordar que el rechazo y
las decepciones son inevitables en la vida y seguir
intentándolo. Mantener un diálogo requiere de mucha paciencia y
perseverancia. Necesitamos desarrollar un fuerte sentido del yo
que nos permita ver claramente las emociones de la otra persona
y acercarnos con calma pero progresivamente a sus corazones.
El obstáculo más grande para un diálogo exitoso es generalmente
el excesivo apego al propio punto de vista. Por ejemplo, un
desacuerdo entre un padre y su hijo no puede ser solucionado
mientras el padre ve las cosas como padre y el hijo como el
hijo.
Dentro de un diálogo genuino es mejor si podemos ver cualquier
tipo de confrontación como otra forma de conectarnos. Si padre e
hijo pueden verse a sí mismos compartiendo un fin común, -lograr
una familia unida- las cosas pueden cambiar sorpresivamente
hacia lo mejor. Mientras más elevado sea el sentimiento que nos
une, más podremos abrazar a los que difieren de nosotros y
asegurar ese diálogo nos llevará hacia una salida fructífera
Tanto si el problema viene de una sola familia o de una escala
internacional, si los que están involucrados pueden ver las
cosas desde una perspectiva elevada, con un propósito común, los
engranajes del diálogo se dirigirán hacia una dirección
positiva.
Si más gente se dedicara a un diálogo de una manera
definitivamente abierta, estoy seguro de que los inevitables
conflictos de la vida humana conseguirían una solución más
fácilmente. Los prejuicios dejarían camino al entendimiento y la
guerra a la paz. El diálogo genuino resultará en la
transformación de puntos de vista opuestos, transformando las
brechas que separan a la gente en puentes que las unen.
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